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        Skay Beilinson lleva la marca del rey

El ex guitarrista de Patricio Rey y sus Rendonditos de Ricota actuó el sábado por la noche en Córdoba ante dos mil personas. Todos pidieron "que se vuelvan a juntar". La crónica de Nicolás Marchetti.

      
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A Eduardo Skay Beilinson hoy le toca estar al frente de una banda que gira por el país, y ahí está su liberación. Puede hacer lo que más le gusta en lugares chicos y sin grandes complicaciones en materia de infraestructura y seguridad, un peso que aún lleva su ex compañero, el recluido Indio Solari, líder por naturaleza del gigante ahora dormido.

El show estaba previsto para las 21 del sábado, pero media hora antes no había mucha gente en las adyacencias de La Sala del Rey. De a poco, empezaron a florecer con el calor de la noche esos feligreses (incluso aquellos de la vieja guardia) que tanto extrañan a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Una camioneta blanca estacionada frente a la puerta escupía a todo volumen La mosca y la sopa, como para que todos los que se acercaran empezaran a sentir el cosquilleo que genera la mística ricotera, con un disco repleto de hits, ya sin bengalas, pero sí con banderas.

Adentro, la gente bailaba con Let it bleed de los Rolling Stones, pero llegó Skay y se apagaron las luces y el CD dejó de sonar. "Buenas noches, bienvenidos al show", dijo con su voz áspera, apenas pasadas las 22 y ataviado con su vincha y anteojos oscuros. De inmediato largó con El gourmet del infierno y Paria, ambos de Talismán (su segundo disco), a pesar de que la cita era para presentar el reciente La marca de Caín.

Entrada en calor. El aire acondicionado ya no daba abasto y las cervezas desfilaban de mano en mano. Oda a la sin nombre levantó los decibeles de la euforia y luego la banda despachó Soldadito de plomo y Canción de cuna, ambos del último disco.

Skay se abraza a su Gibson SG, se agazapa, estira la pierna. Hay un Redondito de Ricota en el escenario y en las cuatro pantallas del largo salón, que a fin de cuentas tuvo que abrir sus puertas de emergencia para que el aire bendiga a esas almas transpiradas.

El show alternó rocks fuertes con climas épicos, espacio prudente entre tema y tema y punteos que se estiraban hasta el momento ricotero, como lo fue sorpresivamente, antes de la media hora de show, el catártico Ji ji ji.

En ese lapso de algunos minutos, la sensación fue que el tiempo se detuvo mientras las pieles se erizaban. Las cervezas volaron por el aire, los gritos llegaron al cielo. Fue el himno de Patrio Rey y el fin de la primera parte.

Diez minutos después, la banda volvió al escenario y repasó partes de La Marca de Caín. Arcano XIV, El fantasma del quinto piso, El camino del viento, entre El pibe de los Astilleros y Rock para los dientes, como para apaciguar la nostalgia.

Los bises: Dragones y Genghis Khan, de Talismán, y A través del mar de los Sargazos. Eran las 23.50 y el título que lleva (y cierra) el nuevo disco, no se hizo escuchar. Sí sonó La bestia pop a todo volumen de (el cuarteto de cuerdas uruguayo) El club de Tobi, con luces ya encendidas y remeras al aire, apenas finalizado el show. El público estaba enardecido. Ellos sólo pedían una cosa: que se vuelvan a juntar.

............Fuente, la voz del interior

 
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